Isabella elevó la mirada al cielo.

– Te encontraré. Te veré. – Declaró firmemente, un desafío a sí misma. – Soy una Vernaducci. ¡Nosotros no retrocedenos! – Era una tontería, pero quedó convencida de que de algún modo el propietario del gran palazzo estaba dando órdenes al mismo clima, poniéndo obstáculos en su camino.

Un ruido parecido al rechinar de una roca captó su atención, y, frunciendo el ceño, giró la cabeza para contemplar una cuesta empinada. Se deslizaban guijarros montaña abajo, cobrando velocidad, arrastrando otras rocas. El caballo saltó hacia adelante, relinchando con alarma mientras un chaparrón de escombros los apedreaba desde arriba. Oyó el repicar de los cascos, sintió los enormes músculos contonearse bajo ella mientras el animal luchaba por permanecer en pie en medio de las rocas rodantes. Los dedos de Isabella casi se entumecieron cuando aferró las riendas. ¡No podía perder el equilibrio! Nunca sobreviviría al amargo frío y las partidas de lobos que vagaban en libertad por el territorio. Su caballo corcobeó, se encabritó, cada movimiento sacudió a Isabella hasta que incluso los dientes le dolieron por el impacto.

Fue la desesperación más que la experiencia lo que la mantuvo en la silla. El viento azotaba su cara, y le arrancaba lágrimas del rabillo de los ojos. Su pelo firmemente trenzado estaba revuelto en un frenesí de largos y sedosos mechones, despeinado por la furia de la tormenta que se aproximaba. Isabella pateó con fuerza a su montura, urgiéndola a continuar, deseando salir del pasaje. El invierno se aproximaba rápido, y con el vendrían espesas nevadas. Unos pocos días más y nunca habría conseguido atravesar el estrecho pasaje.



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