
Cuando las cosas se hacían como es debido, las bombas rebotaban en la superficie del agua y salían despedidas hacia el objetivo como una bola al ser lanzada por la bolera. El bombardero -un joven imberbe de veintidós años, que se había criado en una granja en Pensilvania, cazando ciervos en los frondosos bosques de las zonas rurales- desempeñaba su trabajo a la perfección, con frialdad y templanza, sin pensar en que cada fracción de segundo les aproximaba a su muerte y la de sus compañeros, al igual que ellos brindaban la proximidad de la muerte a sus enemigos.
– ¡Una lanzada! -exclamó la voz procedente del morro del avión a través del intercomunicador, como si gritara desde un campo lejano-. ¡Dos! ¡Tres!
El Lovely Lydia se estremecía de proa a popa, al lanzar las bombas.
– ¡Todas lanzadas! ¡Sáquenos de aquí, capitán!
Los motores aullaron de nuevo cuando el capitán accionó la palanca hacia atrás, elevando el bombardero en el aire.
– ¡Torreta posterior! ¿Qué ves?
– ¡Por todos los santos, capitán! ¡Hemos alcanzado un objetivo! ¡No, tres! ¡No, mejor que eso, cinco objetivos! ¡Jesús! ¡Dios santo, no! ¡Han alcanzado al Duck! ¡Dios! ¡Y al Green Eyes también!
– Calma, chicos -había respondido el capitán-. Estaremos de regreso en casa a la hora de cenar. ¡Compruébalo, Tommy! ¡Dime qué ves ahí atrás!
El Lovely Lydia tenía una pequeña burbuja de plexiglás en el techo, que el navegante utilizaba como puesto de observación, aunque Tommy prefería situarse en el morro.
