
– ¡A babor! ¡A babor! ¡Fuego!-había gritado por el intercomunicador.
Pero el capitán había respondido con calma:
– Ya sé que les hemos alcanzado. Buen trabajo, bombardero.
– ¡No, maldita sea, capitán, somos nosotros!
Las llamas brotaban de la carlinga, y trazaban franjas rojizas en el aire azul, y una humareda negra se alborotaba con el viento. Tommy se dio por muerto. Al cabo de un par de segundos, a lo más cinco o diez, las llamas alcanzarían la línea de combustible, se propagarían hasta el depósito en el ala y todo volaría por los aires.
En aquel instante dejó de sentir miedo. Le produjo una sensación extrañísima contemplar algo que ocurría más allá de su control y que no era otra cosa que su propia muerte. Experimentó una leve irritación, como si se sintiera frustrado por no poder hacer nada por remediarlo, pero se resignó. Al mismo tiempo sintió una curiosa y distante sensación de soledad y preocupación por su madre y su hermano, que se hallaba en algún lugar del Pacífico, y su hermana y la mejor amiga de su hermana, que vivía a unos metros de ellos, en Manchester, y a quien amaba con dolorosa e insistente intensidad, sabiendo que todos ellos sufrirían más y durante más tiempo que él, porque la inminente explosión sería, al fin y al cabo, rápida y decisiva. Y en su sueño oyó por última vez la voz del capitán: «¡Calma, chicos, trataremos de zambullirnos en el agua!» Y el hermoso Lovely Lydia empezó a descender en picado, tratando de alcanzar las olas que constituían su única salvación, zambullirse en el agua y extinguir el fuego antes de que el avión estallara.
