Inspiró una bocanada de aire caliente y húmedo y habló en voz alta, adoptando el acento del profundo Sur, que no era el suyo pero que había pertenecido a una persona que él había conocido -no durante mucho tiempo, pero a fondo.

– Muéstranos el camino a casa, Tommy -dijo.

Pronunció las palabras con tono cadencioso. Al cabo de más de cincuenta años, todavía le sonaban con la misma música campechana y risueña, al igual que antaño, a través del intercomunicador metálico del bombardero, el acento sureño que derrotaba incluso al estrépito procedente de los motores y del fuego antiaéreo.

Respondió en voz alta, como había hecho tantas veces.

– No os preocupéis, soy capaz de hallar la base con los ojos vendados.

Negó con la cabeza. «Salvo la última vez», se dijo. Entonces todos sus conocimientos y habilidad a la hora de interpretar los radiofaros, utilizar el método de estimación y señalar las estrellas con un octante no habían servido para nada. Oyó de nuevo la voz: «Muéstranos el camino a casa, Tommy.»

«Lo siento -dijo a los fantasmas-. En lugar de conduciros de regreso a casa, os conduje a la muerte.»

Bebió otro trago de cerveza y apoyó el frío cristal de la botella en su frente. Con la otra mano se dispuso a sacar del bolsillo de la camisa una página que había arrancado del New York Times de esa mañana. Pero apenas sus dedos rozaron el papel, se detuvo, diciéndose que no necesitaba volver a leerlo. Recordaba los titulares: célebre educador muere a los 77 años; fue un personaje influyente entre los presidentes demócratas.

«Ahora soy la última persona que estuvo allí que sabe lo que ocurrió en realidad», se dijo.



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