
Emitió un suspiro profundo. De pronto recordó una conversación con su nieto mayor, cuando el chico tenía once años y había acudido a él sosteniendo una fotografía. Era una de las pocas que el anciano tenía en aquel entonces de sí mismo cuando joven, no mucho mayor que su nieto. Se le vía sentado junto a un hornillo de hierro, enfrascado en la lectura. Al fondo se veía una litera de madera. De un improvisado tendedero colgaban prendas de ropa. Sobre la mesa, junto a él, había una vela apagada. Estaba muy delgado, casi cadavérico, y llevaba el pelo muy corto. Sus labios esbozaban una pequeña sonrisa, como si lo que estaba leyendo le resultara cómico.
– ¿Cuándo te sacaron esta fotografía, abuelo? -le había preguntado su nieto.
– Durante la guerra, cuando era soldado.
– ¿Qué hiciste?
– Iba a bordo de un bombardero. Al menos durante un tiempo. Luego fui un prisionero en espera de que terminara la guerra.
– Si fuiste soldado, ¿mataste a alguien, abuelo?
– Bueno, yo ayudaba a lanzar las bombas. Es probable que ellas hayan matado a personas.
– ¿Pero no lo sabes?
– No. No lo sé con certeza.
Lo cual, desde luego, era mentira.
«¿Mataste a alguien, abuelo?», pensó el anciano.
Y en esos momentos respondió con sinceridad para sus adentros: «Sí, maté a un hombre, aunque no con una bomba lanzada desde el aire. Pero es una larga historia.»
Palpó a través del tejido de su camisa la esquela que guardaba en el bolsillo.
«Y ahora puedo contarla», pensó.
Volvió a alzar la vista al cielo y suspiró. Luego se afanó en localizar la estrecha ensenada que conducía a Whale Harbor. Conocía de memoria todas las boyas de navegación y cada faro que tachonaba la costa de Florida. Conocía las corrientes locales y las mareas, sentía cómo se deslizaba el bote y sabía si éste se desviaba aunque fuera mínimamente de su rumbo. Lo condujo a través de la oscuridad, navegando con lentitud y seguridad, con la confianza de un hombre que entra de noche en su propia casa.
