
En el sueño, examinaba sus mapas y cartas, su octante y su calibrador, interpretaba el indicador de la dirección del viento y veía, como una gran línea de tinta roja trazada sobre la superficie de las olas azules del Mediterráneo, la ruta de regreso a casa. Y a puerto seguro.
Tommy Hart volvió a estremecerse.
Era de noche y tenía los ojos abiertos, pero contempló el sol reflejado en las nubes bajo sus párpados. Durante unos instantes deseó que hubiera una forma de convertir el sueño en realidad, y luego la realidad en un sueño, así de fácil y agradable. No parecía un deseo disparatado. «Sigue los pasos indicados -pensó-. Rellena todos los formularios militares por triplicado. Navega a través de la burocracia del ejército. Saluda con energía y haz que el comandante firme la solicitud. Solicitud de traslado, señor: del sueño a la realidad. De la realidad al sueño.»
En cambio, después de oír las órdenes del capitán, Tommy había avanzado arrastrándose hacia el cono de plexiglás del morro del B-25 para echar un último vistazo y para tratar de divisar alguna señal de referencia en la costa de Sicilia, para cerciorarse de la situación de la nave. Volaban a poca altura, a menos de doscientos pies sobre el océano, fuera del alcance de los radares alemanes, y avanzaban a más de cuatrocientos kilómetros por hora. Debería haber sido una experiencia tremendamente excitante, seis jóvenes a bordo de un bólido en una carretera vecinal llena de curvas, tras dejar atrás sus inhibiciones junto con el caucho de los neumáticos. Pero no era así. Era arriesgado, como patinar con cautela sobre un lago cubierto de una capa de hielo delgada y quebradiza.
