
Tommy se introdujo en el cono, junto al visor de bombardeo y donde estaban montadas las dos ametralladoras del calibre cincuenta. Durante unos momentos, Tommy tuvo la impresión de volar solo, suspendido sobre el vibrante azul de las olas, surcando el aire, aislado del resto del mundo. Oteó el horizonte, buscando algo que le resultara familiar, algo que sirviera de referencia en el mapa para hallar la ruta de regreso a la base. Buena parte de la navegación se realizaba mediante el método de estimación.
Sin embargo, en lugar de ver una cordillera que le indicara la posición de la nave, lo que divisó en la periferia de su campo visual fue la inconfundible silueta de la fila de barcos mercantes y un par de destructores que navegaban en círculos como perros pastores vigilando a su rebaño.
Dudó tan sólo unos instantes, al tiempo que realizaba apresurados cálculos mentales. Habían volado durante más de cuatro horas y se hallaban al término de su misión ofensiva. La tripulación estaba cansada, ansiosa de llegar a la base. Los dos destructores poseían temibles defensas, incluso para los tres bombarderos que volaban ala con ala bajo el sol del mediodía. Entonces se dijo Tommy: «Regresa a tu lugar y no digas nada. Los barcos mercantes desaparecerán dentro de unos segundos y nadie se enterará de lo ocurrido.» Pero hizo lo que le habían enseñado. Escuchó su voz como si no la reconociera.
– Capitán, he localizado unos objetivos frente al ala de estribor, a unos ocho kilómetros.
De nuevo se produjo un breve silencio, antes de que Tommy oyera la respuesta:
– ¡Maldita sea! ¡Que me aspen! Es usted un ángel, Tommy. Recuérdeme que le lleve al oeste de Tejas e iremos a cazar juntos. ¡Menudo par de ojos tiene! Con esa vista de lince, estas liebres no se nos escaparán. Hoy las comeremos estofadas. No existe nada más sabroso en el mundo, chicos…
