
– Está en mi lista de contactos. Es distinto.
– Pero se le parece.
Se abrieron las puertas y entraron en el ascensor. Katie apretó el botón del cuarto piso.
– ¿Acabasteis mal? -preguntó.
– No, la verdad es que fue muy fácil. Ella me dejó. Yo pensé que estaba destrozado, pero no fue así -se había recuperado tan rápidamente de la ruptura que había llegado a la conclusión de que estaban mejor siendo amigos.
– Supongo que eso es preferible a pasarse meses llorando por alguien.
Él la miró.
– ¿Eres de las que se pasan meses llorando?
– Bueno, he estado un poco deprimida un par de veces en mi vida, pero pasarme meses llorando, eso nunca.
El ascensor se detuvo y salieron. Katie lo condujo hacia su habitación.
– La mía está enfrente -dijo.
Él miró la puerta y luego la miró a ella.
– ¿Puedo fiarme de ti? -preguntó.
Katie sonrió.
– Si hubieras sido tan divertido hace catorce años, no habría amenazado con darte una paliza.
– Si hubiera sido así hace catorce años, habría querido que lo intentaras.
Se miraron el uno al otro. Katie parpadeó primero; después, miró su reloj.
– Este disparate empieza dentro de una hora -dijo-. Prepárate.
– No me asusto fácilmente. Además, te tendré a ti para protegerme.
– Reza por que la tía Tully no se fije en ti.
– Puedo arreglármelas con la tía Tully.
– Eso dices ahora -dijo Katie por encima del hombro mientras se alejaba.
Capítulo 3
Había algo curiosamente divertido en ponerse una falda de campana, pensó Katie mientras se miraba al espejo. Aquel estilo repolludo no contribuía a alargar sus piernas, claro, lo cual era siempre un reto, en una familia patilarga, pero, por otro lado, las capas y capas de enaguas hacían que su cintura pareciera diminuta. Dio un par de vueltas para ver el efecto y luego se alisó las faldas.
