– No me estás ayudando -contestó Janis, con voz cada vez más chillona.

– Perdona. Encontraremos otro pastelero.

– ¿Cómo? Estamos en plena época de bodas. Estarán todos ocupados. Esto es una señal. Esta boda va a ser un desastre, lo intuyo.

– Cálmate, mamá.

– No puedo.

Jackson sacó su teléfono móvil.

– Quizá yo pueda ayudar. Tengo una amiga que tiene un negocio de catering. Antes decoraba tartas. Seguro que puedo convencerla para que nos ayude.

Janis se volvió hacia él.

– No juegues con mis sentimientos, Howie. Estoy al borde de un ataque de nervios.

– Voy a llamarla ahora mismo -pasó su lista de contactos hasta que encontró el número de Ariel. Ella contestó unos segundos después. Jackson la saludó y le explicó el problema.

– No será tu boda, ¿verdad? -preguntó ella, recelosa.

– No. Es la de una amiga. Estoy pasando el fin de semana aquí, y luego volveré a casa.

Ella titubeó.

– Normalmente no tendría tiempo, pero me han cancelado un encargo a última hora. Estaré allí por la mañana. Necesitaré acceso a la cocina para preparar la tarta -mencionó un precio que hizo dar un respingo a Jackson, pero Janis se limitó a asentir con la cabeza.

– Genial -dijo-. Estoy deseando verte.

– Gracias. Nos vemos pronto -cuando colgó, Janis le dio un abrazo.

– Nos has salvado a todos.

– Es una tarta, no un rescate de un edificio en llamas.

– Es casi lo mismo -ella se llevó la mano al pecho-. Ya puedo respirar otra vez, por lo menos hasta que estalle la siguiente crisis. Ahora, id a vuestras habitaciones a prepararos para la fiesta. Yo voy a emborracharme -se dirigió hacia el bar.

Jackson pulsó el botón del ascensor y miró a Katie.

Ella levantó las cejas.

– Entonces… Ariel es una ex novia.

– ¿Cómo lo sabes?

– Los hombres no suelen tener el número de una pastelera grabado en la lista de marcación rápida.



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