
Tampoco parecía preocuparle haberle robado el novio a Katie.
No iba a amargarse, se recordó Katie. Se sobrepondría a aquellos sentimientos mezquinos. Courtney era su hermana y el lazo que había entre ellas era fuerte y duradero. Pero tampoco estaría mal que Courtney se despertara la mañana de su boda con un grano del tamaño de Cleveland.
Katie se aclaró la garganta.
– Me gustaría ir con alguien a la boda, pero no hay nadie. Ya sabes que los solteros no abundan precisamente. No se me ocurre nadie en quien confíe lo suficiente como para fingir que estamos saliendo.
– ¿Me estás diciendo que no has salido con nadie desde que rompiste con Alex?
Técnicamente, no habían roto. Alex y ella habían ido a una de las típicas cenas de domingo en casa de sus padres. Llevaban meses yendo a aquellas cenas. Esa noche, sin embargo, Katie había tenido la sensación de que Alex iba a hacerle la gran pregunta. Sobre todo, porque había encontrado por casualidad la factura de un anillo de diamantes en el bolsillo de su chaqueta cuando él se la había prestado en un partido de fútbol.
No estaba segura de querer pasar el resto de su vida con Alex, pero se dijo que era normal tener dudas. A fin de cuentas, ¿cómo sabía una que un hombre era su media naranja?
Sólo que Alex no se declaró.
La llegada inesperada de Courtney había interrumpido la cena. Alex y Courtney se habían echado una mirada, y Katie había dejado de existir.
– ¿Katie? -preguntó su madre-. ¿No sales con nadie?
– No. He estado muy liada con el trabajo, y además no me apetece.
Su madre suspiró.
– Son cuatro días de familia y estrés. No quiero tener que pasármelos contestando a preguntas sobre tu vida amorosa, e imagino que tú menos aún. Tienes que llevar a un hombre.
