
– Lo siento, pero no.
– ¿Qué me dices de Howie?
«Santo cielo, no».
Le dieron ganas de darse de cabezazos contra la mesa.
– No, mamá.
– ¿Por qué no? Es listo y rico, y muy divertido.
Y se llamaba Howie. Era el hijo de la mejor amiga de su madre. Las dos llevaban años intentando emparejarlos. Katie se había resistido con todas sus fuerzas. La última vez que había visto a Howie, su madre y él estaban de visita en Fool's Gold. Él tenía unos dieciséis años, y era tan listo que ya estaba en la universidad. Alto, delgaducho, con los pantalones demasiado cortos y unas gruesas gafas de pasta negra, la miraba como si fuera una especie de bicho sin interés alguno. No habían tenido nada que decirse el uno al otro.
– Howie no me interesa -dijo con firmeza-. Prefiero contestar a preguntas indiscretas.
Ninguna mujer podía estar tan desesperada como para aceptar a Howie. Al menos, ella no lo estaba.
– Katie, no me hagas poner voz de mala madre.
Katie sonrió.
– Mamá, tengo veintisiete años. Tu voz de mala madre ya no funciona conmigo.
– ¿Te apuestas algo? -su madre suspiró otra vez. La miraba con preocupación-. Por favor. Estoy dispuesta a suplicártelo. ¿Eso quieres? Estoy desesperada. Quiero que te lo pases bien -hizo una pausa-. Bueno, todo lo bien que puedas. Y no quiero que te preocupes por lo que puedan estar pensando los demás. Son cuatro días. Casi no tendréis que veros.
Eran cuatro días en un hotel de montaña. ¿Cómo iba a evitar a su familia… y a Howie?
– Está haciendo un proyecto muy importante en el trabajo -añadió su madre-. Seguro que está casi todo el tiempo ocupado.
Katie dudó, no sólo porque adoraba a su madre, sino también porque las preguntas de su familia acerca de por qué no se había casado empezaban a volverse brutales. Allí estaba ella, la hermana mayor, soltera todavía y sin novio a la vista. Courtney no podía pasar ni un cuarto de hora sin enamorarse.
