En aquel entonces, era una chica muy decidida, a la que sólo le interesaban los deportes y que, obviamente, lo despreciaba. Él era un poco torpón, claro, y bastante raro, además, y nunca se le había dado muy bien comunicarse con los demás. Pero ella se había mostrado arisca y antipática. Y además había amenazado con darle una paliza. Y seguro que en aquel momento podría haberlo hecho.

– Puede que ahora las cosas sean distintas -dijo su madre-. Es encantadora.

– Aja.

Su madre se enderezó en la silla. Tina Kent era bajita, pero Howard sabía que era un error juzgarla por su tamaño.

– ¿Te acuerdas de hace diez años, cuando tuve cáncer de mama? -preguntó.

Howard refrenó un gruñido y asintió con la cabeza. «Esto no», pensó. «Cualquier cosa, menos esto».

– Tú estabas en la universidad. Yo no quería que supieras lo grave que era, porque quería que te concentraras en tu máster.

Fue en aquel programa donde desarrolló el software que había hecho despegar a su compañía y lo había convertido en multimillonario en apenas tres años.

– Mamá… -comenzó a decir.

Ella levantó una mano.

– Cuando viniste a casa, estabas preocupado. Te prometí que me pondría bien -hizo una pausa, expectante.

– Y yo te dije que lo que quisieras, si te curabas -dijo él obedientemente.

– Yo cumplí mi promesa. Ahora te toca a ti cumplir la tuya. Vas a ir con Katie a esa boda. Pasarás cuatro días en el hotel de Fool's Gold, y harás todo lo posible para que Katie se sienta como una princesa.

«Maldita sea». ¿Por qué no podía ser como algunos de sus amigos, que jamás hablaban con sus padres? ¿Por qué tenía que llevarse bien con su madre? Salvo por aquella obsesión con Katie McCormick, su madre era una mujer estupenda. Siempre habían podido hablar, y Howard valoraba mucho su opinión. Pero en aquel momento habría dado cualquier cosa por que sus relaciones se enfriaran un poco, aunque fuera fugazmente.



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