
– Está bien -dijo, accediendo al fin-. Pero sólo para la boda. Nada más. Nunca más.
Su madre sonrió de oreja a oreja.
– Estupendo. Yo me encargo de avisar a Howie. Esto va a ser fantástico. Ya lo verás.
¿Fantástico? A Katie se le ocurrían muchos adjetivos, pero ése no era uno de ellos. Ya empezaba a arrepentirse. ¿Cuatro días con Howie? Catorce años antes, apenas habían aguantado una hora su mutua compañía. Lo único bueno de todo aquello era que, en aquel entonces, Howie había sentido tanta antipatía por ella como Katie por él. Tal vez Howie consiguiera plantarle cara a su madre, y entonces nada de aquello importaría.
– No, mamá -dijo con firmeza Howard Jackson Kent.
– Entiendo.
Una sola palabra. Pero aquella palabra carecía de importancia por sí sola: era el tono lo que le hacía entrever que iba a volver a la batalla. Ya sentía las lanzas.
– Ignoraremos el hecho de que Janis McCormick es mi mejor amiga -añadió su madre, mirándolo desde el otro lado de la mesa.
Estaban en el despacho de Howard, por donde su madre se había pasado por allí sin avisar, entre reunión y reunión. Sólo tenía un modo de enterarse de que su hijo estaba libre, lo que significaba que Howard tendría que tener una pequeña charla con su asistente personal más tarde.
– Ignoraremos el hecho de que Janis me ha pedido ayuda.
«Ojalá eso fuera cierto», pensó él, recostándose en su silla y frotándose las sienes.
– Podrías hacerlo por Katie -dijo su madre-. Es tan buena chica…
«Se me acelera el corazón con sólo pensarlo», pensó él con sorna.
– Katie y yo no nos caemos bien.
De eso hacía muchos años, claro, pero Howard recordaba claramente aquella tarde de verano. Tina, su madre, se había empeñado en que la acompañara a ver a su mejor amiga. Él había aceptado, y se había arrepentido en cuanto Katie lo había mirado y había suspirado con evidente desilusión.
