
– Pero tú eres periodista deportiva -diría otra vez su tía Tully-. ¿No puedes cazar a un marido, con todos esos deportes que ves?
Ojalá fuera tan sencillo. El problema era que, aunque le encantaban los deportes; la competición, la búsqueda de superación, las pequeñas singularidades que hacían interesante cada partido, los deportistas le gustaban menos. Tal vez fuera porque, gajes del oficio, solía verlos en sus peores momentos. Era como trabajar en la cocina de un restaurante. Después, cenar fuera nunca volvía a ser lo mismo.
Un hombre alto y moreno entró en el vestíbulo. Era tan guapo que la gente se volvía a mirarlo, y tenía un cuerpo a juego. Tenía los hombros anchos y las piernas largas, e iba pulcramente vestido con vaqueros y una camisa de rayas azules y aspecto suave. «Qué más quisiera yo», pensó Katie con amargura, mirando más allá del tío bueno con la esperanza de ver a aquel tipo torpón que estaba a punto de llegar tarde.
Howie se dedicaba a los ordenadores. Tal vez debería haberle enviado un e-mail para recordarle su cita.
– ¿Katie?
El desconocido alto y moreno se detuvo a su lado. Ella miró su boca firme, su mandíbula fuerte y sus preciosos ojos verdes, ocultos tras unas gafas de montura plateada. Y se quedó boquiabierta. Lo notó, y a continuación tuvo que hacer un esfuerzo por cerrarla. No podía ser. Era imposible. ¿En qué planeta pasaban esas cosas?
– ¿Ho-howie?
Él sonrió. Era una de esas sonrisas sexis y socarronas que hacían ronronear a cualquier mujer que hubiera alrededor.
– Jackson -dijo-. Ahora me llaman Jackson. Es mi segundo nombre.
«También podrían llamarte "bombón"», pensó ella, aturdida, mientras intentaba fijarse en los cambios. Ahora era más alto, más musculoso, y hasta su pelo era perfecto.
– ¿Ho-Howie? -repitió.
La sonrisa se convirtió en una risa suave.
– No he cambiado tanto.
Au contraire.
