– Has, eh, crecido -logró decir ella, confiando en no parecer tan estúpida como se sentía.

– Tú también.

Ella arrugó la nariz. No había crecido precisamente. Seguía teniendo más o menos la misma estatura que a los trece años: en torno a un metro sesenta. La diferencia era que, desde entonces, había perdido unos veinte kilos. Y había descubierto cómo sacar partido a su cara más bien corriente.

Y no es que se quejara, exactamente. Pero en una familia formada por personas muy altas, delgadas y atractivas, ella era como un retroceso a aquel linaje bajito y curvilíneo que todos consideraban ya superado por su buena crianza.

– Sí, bueno, por lo menos ya no estoy regordeta -dijo, pensando que no tenía sentido ignorar lo obvio.

Jackson la observó un momento.

– Tus ojos siguen siendo los mismos. Son bonitos. Me acordaba de su color.

– ¿Porque te fulminé con la mirada? -preguntó ella.

– Aja. Me daba pánico que fueras a darme una paliza.

– Me trataste como si fuera idiota.

– Me sentía fuera lugar, y era un modo de compensar mi incomodidad -se encogió de hombros-. No te lo tomes como algo personal. Actuaba así en todas partes.

– ¿Una de las desventajas de ser siempre el más listo de la clase?

– Tú tampoco te quedaste corta.

Ella se rió.

– Me vi reducida a amenazarte con la violencia física. No creo que pueda decirse que me quedé corta.

– Pues te ha ido bastante bien. Tengo entendido que ahora eres una famosa periodista deportiva.

Si hubiera estado bebiendo, Katie se habría atragantado.

– No exactamente. ¿Eso es lo que te ha dicho tu madre?

El asintió.

– Trabajo en el periódico del pueblo. El Fool's Gold Daily Republic. Me ocupo de las páginas deportivas, de vez en cuando hago un editorial y, cuando están muy desesperados, algún que otro artículo de urgencia. Nadie diría que eso es ser famosa.

– Te gusta tu trabajo, te lo noto en la voz.



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