El coche era un Citroen Pato destartalado y negro; era junio, el sol se aplastaba sobre la chapa y yo me estaba muriendo de calor. No sé si fue cosa del agobio o del aburrimiento, pero el caso es que me puse de rodillas en el asiento, asomé medio cuerpo por la ventanilla abierta y empecé a pedir socorro.

– ¡Socorro! ¡Ayúdenme, por favor!

No había mucha gente por la calle, pero enseguida se pararon dos muchachos, y luego un matrimonio joven, y una señora gorda, y un anciano. Eran tiempos inocentes todavía.

– ¿Qué te pasa, bonita?

Compungidísima, fui respondiendo a sus preguntas y les conté mi vida: mis padres habían muerto atropellados por un tren, sí, los dos a la vez, una mala suerte, una cosa horrible: y ahí empezaron a saltárseme las lágrimas, aunque luché con bravura por contenerme. Yo vivía con mis tíos, que me trataban muy mal. Me pegaban y me mataban de hambre: ahora mismo llevaba sin comer desde el día anterior. Para que no les molestara, me encerraban durante horas en el coche; a veces, incluso me habían hecho pasar la noche ahí. Para entonces yo ya sollozaba amargamente y los transeúntes estaban por completo horrorizados; intentaron abrir la puerta del Citroen, pero mi Padre-Caníbal había echado la llave para evitar que yo anduviera zascandileando, de manera que el hombre que estaba allí con su mujer me agarró por los sobacos y me sacó a través de la ventanilla. Era un tipo joven, fuerte y guapo, y yo me abracé a su cuello dejándome mecer por su dulce consuelo, tan necesario para mí en aquel momento de orfandad triste y negra. Pero justo entonces llegaron mis progenitores, y antes de que las cosas pudieran aclararse el Caníbal ya había recibido un par de guantazos. Terminamos todos en comisaría. Creo que el Caníbal no me ha perdonado aquello todavía, aunque después se pasó muchos años repitiendo: «Esta chica ha salido como yo, va a ser actriz.» Pero también en eso se equivocó.



11 из 338