A Ramón siempre le irritaron mis improvisaciones sobre la vida, mi sentido de la innovación. Por ejemplo, una vez fuimos a pasar un fin de semana a un hotel de Cuenca, y la señora de la recepción, confundiendo mi traje flotante e informe con un embarazo, me preguntó con una sonrisita de complicidad matriarcal si era mi primero.

– ¿Mi primero? No, mi sexto -respondí de inmediato, aprovechándome de que Ramón se había acercado al coche y me había dejado sola unos momentos.

– ¿Seis? ¡Admirable! Las mujeres de ahora ya casi nunca tienen tantos hijos. Yo misma sólo tengo tres, y eso que soy de otra generación.

– Pues sí, yo tengo seis: los gemelos y luego Anita y Rosita, y después Jorge y Damián.

– Pero entonces este es el séptimo, no el sexto -dijo la mujer con puntillosa sorpresa, siguiendo el cómputo de mis hijos con sus gruesos dedos.

– Eso es, el séptimo. Pero es que a los gemelos, como se parecen tanto, casi siempre les consideramos como uno solo.

Cuando Ramón se enteró de que tenía seis hijos se puso furioso. Pero como siempre fue un cobarde respecto al qué dirán, no se atrevió a contradecirme públicamente. Cuando desayunábamos, cuando comíamos, cada vez que entrábamos o salíamos, la matrona nos hacía algún comentario sobre nuestra prole; o sobre los cuidados idóneos que se deben guardar en el cuarto mes de embarazo, que era el mío; o sobre los dolores y las grandezas del parto. Era una de esas mujeres que viven por y para la maternidad, como si parir fuera la obra suprema de la Humanidad, aquella que nos entroniza en el Olimpo junto a los conejos.

– Qué, ¿ya han hablado hoy con los niños? -nos preguntaba la matrona, por ejemplo, con enternecida obsequiosidad.

– Pues sí, pues sí -contestaba yo mientras Ramón se ponía amarillo.



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