– ¿Y qué tal?

– Nada, muy bien, todo estupendo: Rosita se ha caído y se ha pelado una rodilla, los gemelos están algo acatarrados y a Jorgito se le ha empezado a mover el primer diente. Ya sabe usted lo que sucede con los niños, siempre les ocurre algún percance…

– Claro, claro -contestaba la mujer, refulgente de sabiduría maternal.

Entre unas cosas y otras, para Ramón fue un fin de semana muy amargo.

Yo no tengo niños. Quiero decir con esto que sigo siendo hija y sólo hija, que no he dado el paso habitual que suelen dar los hombres y las mujeres, las yeguas y los caballos, los carneros y las ovejas, los pajaritos y las pajaritas, como diría yo misma en mis abominables cuentos infantiles. A veces esta situación de suspensión biológica resulta algo extraña. Todas las criaturas de la creación se afanan prioritaria y fundamentalmente en parir y poner y desovar y empollar y criar; todas las criaturas de la creación nacen con la finalidad de llegar a ser padres, y hete aquí que yo me he quedado detenida en el estadio intermedio de hija y sólo hija, hija para siempre hasta el final, hasta que sea una hija anciana y venerable, octogenaria y decrépita pero hija.

Volviendo al principio: también he mentido en otros dos detalles. En primer lugar, no soy lo que se dice alta, sino más bien bajita. O sea, para ser exactos, diminuta, hasta el punto de que los vaqueros me los compro en la sección de niños de los grandes almacenes. Y tampoco tengo los ojos grises, sino negros. ¡Lo siento! No pude remediarlo. Sí es cierto que, para mi edad, parezco más joven. Incluso muchísimo más joven. Muchas veces la gente, al verme tan menuda, me toma por una adolescente cuando estoy de espaldas. Luego me contemplan por delante y dicen: «Perdone usted, señora», sin advertir que es justamente esa frase lo que no les perdono. Una vez me encontraba tendida boca abajo en la playa, en biquini, lagarteando al sol, cuando escuché una voz chillona a mis espaldas:



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