Todas las unidades llevaban el nombre, no sin cierta ironía, de universidades famosas: Harvard, Yale, Princeton, Williams, Wesleyan, Smith, Mount Holyoke y Wellesley, y por supuesto la mía, Amherst. El nombre del edificio respondía al de la ciudad y la universidad, que a su vez respondía al de un soldado británico, lord Jeffrey Amherst, cuyo salto a la fama se produjo al equipar cruelmente a las tribus rebeldes de indios con mantas infectadas de viruela. Estos regalos lograron con rapidez lo que las balas, las baratijas y las negociaciones no habían conseguido.

Me acerqué a leer un cartel clavado a la puerta. La primera palabra era PELIGRO, escrita con letras grandes. Seguía cierta jerga del inspector de inmuebles del condado que declaraba ruinoso el edificio, lo que equivalía a condenarlo a la demolición. Iba seguido, con letras igual de grandes, de: PROHIBIDA TODA ENTRADA NO AUTORIZADA.

Lo encontré interesante. Tiempo atrás, parecía que quienes ocupaban el edificio eran los condenados. Jamás se nos ocurrió que las paredes, los barrotes y las cerraduras que limitaban nuestras vidas se encontrarían alguna vez en la misma situación.

Daba la impresión de que alguien había desoído la advertencia. Las cerraduras estaban forzadas con una palanca, un medio que carece de sutileza, y la puerta estaba entreabierta. La empujé con la mano, y se deslizó con un crujido.

Un olor a moho impregnaba el primer pasillo. En un rincón había un montón de botellas vacías de vino y cerveza, lo que explicaría la naturaleza de los visitantes furtivos: chicos de secundaria en busca de un sitio donde beber lejos de la mirada de sus padres.



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