
Las paredes estaban manchadas de suciedad y extraños eslóganes pintados con spray de distintos tonos. Uno decía: ¡LOS MALOS MANDAN! Supuse que era cierto. Las cañerías se habían desprendido del techo y de ellas goteaba una oscura agua fétida al suelo de linóleo. Los escombros y la basura, el polvo y la suciedad llenaban todos los rincones. Mezclado con el olor neutro de los años y el abandono se notaba el hedor característico a excrementos. Avancé unos pasos más, pero tuve que detenerme. Una placa de un tabique caída en mitad del pasillo bloqueaba el paso. Vi a mi izquierda la escalera que conducía a las plantas superiores, pero estaba llena de desechos. Quería recorrer la sala de estar común, a mi izquierda, y ver las salas de tratamiento, que ocupaban la planta baja. También quería ver las celdas del piso superior, donde nos encerraban cuando luchábamos contra nuestra medicación o nuestra locura, y los dormitorios, donde yacíamos como desdichados campistas en hileras de camas metálicas. Pero la escalera parecía inestable y temí que fuera a derrumbarse bajo mi peso.
No estoy seguro del rato que pasé allí, en cuclillas, escuchando los ecos de todo lo que había visto y oído tiempo atrás. Como en mi época de paciente, el tiempo parecía menos urgente, menos imperioso, como si la segunda manecilla del reloj avanzara muy despacio y los minutos pasaran a regañadientes.
Me acechaban los fantasmas de la memoria. Podía ver caras, oír sonidos. Los sabores y olores de la locura y la negligencia volvieron a mí en una oleada. Escuché mi pasado arremolinándose a mi alrededor.
Cuando el momento de la melancolía me invadió por fin, me incorporé y salí despacio del edificio. Me dirigí a un banco situado bajo un árbol, en el patio interior, y me senté para contemplar lo que había sido mi hogar. Me sentía exhausto y respiré el aire fresco con esfuerzo, más cansado de lo que me sentía después de mis paseos habituales por la ciudad. No desvié la mirada hasta que oí pasos en el camino.