
– ¿Es eso lo que vas a decirles? En el discurso, me refiero.
– No creo que sea lo que quieren oír -dijo tras sacudir la cabeza-. Es más sensato decirles cosas bonitas. Cosas positivas. Tengo prevista una serie de tremendas falsedades.
Me lo pensé un momento y sonreí.
– Eso podría ser un signo de salud mental -comenté.
– Espero que tengas razón -sonrió Napoleón.
Ambos guardamos silencio unos segundos.
– No les voy a hablar sobre los asesinatos -susurró con tono nostálgico-. Ni decirles una sola palabra sobre el Bombero o la fiscal, ni nada de lo que pasó al final. -Alzó los ojos hacia el edificio y añadió-: De todos modos, esa historia deberías contarla tú.
No respondí.
Napoleón guardó silencio un momento.
– ¿Piensas en lo que pasó? -preguntó.
Negué con la cabeza, pero los dos sabíamos que era falso.
– A veces sueño con ello -expliqué-. Pero me resulta difícil recordar qué fue real y qué no.
– Es lógico -dijo, y añadió despacio-: ¿Sabes qué me preocupaba? Nunca supe dónde enterraban a las personas. Las que murieron cuando estábamos aquí. Quiero decir que estaban en la sala de estar o en los pasillos con todos los demás, y de repente estaban muertas. Pero ¿qué pasaba luego? ¿Te llegaste a enterar?
– Sí -respondí tras una pausa-. Había un pequeño cementerio improvisado en un extremo del hospital, hacia la arboleda situada detrás de administración y de Harvard. Pasado el jardincillo. Creo que ahora forma parte de un campo de fútbol juvenil.
– Me alegra saberlo -dijo Napoleón mientras se secaba la frente-. Siempre me lo había preguntado.
Estuvimos callados unos instantes y luego prosiguió:
– Ya sabes cómo detestaba averiguar cosas. Después, cuando nos dieron de alta y nos enviaron a ambulatorios para recibir el tratamiento y todos esos nuevos fármacos, ¿sabes qué detesté?
