
– ¿Qué?
– Que el delirio al que me había aferrado durante tantos años no sólo no era un delirio, sino que ni siquiera era un delirio especial. Que no era la única persona que imaginaba ser la reencarnación de un emperador francés. De hecho, seguro que París está lleno de gente así. Detesté saber eso. En mi delirio me sentía especial. Único. Y ahora sólo soy un hombre corriente que tiene que tomar pastillas, sufre temblores en las manos todo el rato, sólo puede tener un empleo de lo más simple y cuya familia seguramente desearía que desapareciera. Me gustaría saber como se dice joder en francés.
– Bueno, personalmente, si te sirve de algo, siempre tuve la impresión de que eras un espléndido emperador francés -aseguré tras pensar un momento-. Y si hubieras sido tú quien dirigió las tropas en Waterloo, seguro que habrías ganado.
Napoleón soltó una risita.
– Siempre supimos que se te daba mejor que a los demás prestar atención al mundo que nos rodeaba, Pajarillo -dijo-. Le caías bien a la gente, aunque estuviera delirante y loca.
– Me alegra saberlo.
– ¿Y el Bombero? Era amigo tuyo. ¿Qué fue de él? Me refiero a después.
– Se fue -contesté tras una pausa-. Solucionó todos sus problemas, se trasladó al sur y ganó mucho dinero. Formó una familia. Compró una casa grande, un coche potente. Todo le fue muy bien. Lo último que supe fue que dirigía una fundación benéfica. Sano y feliz.
– No me extraña -asintió Napoleón-. ¿Y la mujer que vino a investigar? ¿Se fue con él?
– No. Obtuvo una plaza de juez. Con toda clase de honores. Su vida fue maravillosa.
– Lo sabía. Era de prever.
Todo esto era mentira, por supuesto.
– Tengo que volver y prepararme para mi gran momento -dijo tras echar un vistazo al reloj-. Deséame suerte.
