
Era más fácil, con mucho, cuando aún era joven y lo único que tenía que hacer era escuchar las voces. La mayoría de las veces ni siquiera eran tan malas. En aquella época solían ser tenues como ecos que se desvanecen por un valle, o como los susurros que se oyen cuando unos niños comparten un secreto en el cuarto de juegos, aunque cuando las cosas se ponían tensas su volumen aumentaba deprisa. Normalmente, mis voces no eran demasiado exigentes. Eran más bien sugerencias, consejos, preguntas perspicaces. A veces un poco rezongonas, como una tía abuela solterona con la que nadie sabe muy bien qué hacer en una comida familiar, pero que aun así es invitada y que, de vez en cuando, suelta algo grosero, disparatado o políticamente incorrecto, pero a la que nadie hace demasiado caso.
En cierto sentido, las voces me hacían compañía, en especial las muchas ocasiones en que no tenía amigos.
Tuve dos amigos, una vez, y fueron parte de la historia. Antes creía que eran la parte más importante, pero ya no estoy tan seguro.
A varios de los que conocí durante lo que me gusta considerar mis años de verdadera locura les fue peor que a mí. Sus voces les gritaban órdenes como los sargentos de instrucción de los marines, esos que llevan sombreros marrón verdoso de ala ancha y rígida calados hasta las cejas, de modo que por detrás se les puede ver la cabeza pelada.
«¡Muévete! ¡Haz esto! ¡Haz lo otro!».
O peor: «Suicídate».
O peor aún: «Mata a alguien».
Las voces que chillaban a esos tipos procedían de Dios, de Jesús, de Mahoma, del perro del vecino, de su tío abuelo fallecido, de extraterrestres, de un coro de arcángeles o de un coro de demonios.
