
Esas voces eran insistentes, imperativas e intransigentes y yo reconocía, por la rigidez que reflejaba la mirada de esas personas y la tensión que les agarrotaba los músculos, que oían algo bastante fuerte y machacón, y que rara vez auguraba nada bueno. En momentos así, me iba y esperaba cerca de la puerta o en el otro lado de la sala de estar común, porque era probable que ocurriera algo desafortunado. Se parecía a un consejo que recordaba del colegio, una de esas cosas curiosas que se te graban: en caso de terremoto, el mejor sitio para esconderse es el umbral de una puerta, porque la estructura de la abertura es arquitectónicamente más fuerte que una pared y hay menos riesgo de que se te derrumbe en la cabeza. Así pues, cuando veía que la turbulencia de otro paciente se volvía explosiva, encontraba el umbral donde tendría más probabilidades de supervivencia. Y, una vez ahí, escuchaba mis propias voces, que solían parecer cuidar de mí y casi siempre me advertían cuándo irme y esconderme. Tenían un curioso instinto de conservación, y si no les hubiese contestado en voz alta de modo tan obvio cuando era joven y aparecieron, jamás me habrían diagnosticado y recluido. Pero eso es parte de la historia, aunque no la más importante ni mucho menos. Aun así, las echo extrañamente de menos, porque ahora estoy muy solo.
Resulta muy duro, en los tiempos que vivimos, estar loco y ser de mediana edad.
O ya no estarlo, pero sólo mientras siga tomando las pastillas.
Ahora me paso los días en busca de movimiento. No me gusta llevar una vida sedentaria. Así que ando a paso rápido por la ciudad, desde los parques a las zonas comerciales e industriales, mirando y observando pero sin detenerme. O busco actividades en las que haya mucho movimiento ante mis ojos, como un partido de fútbol americano o de baloncesto. Si ocurre algo ajetreado delante de mí, puedo descansar. Si no, mis pies siguen adelante -cinco, seis, siete o más horas al día-.