
– Creía que te gustaba Tallanville.
– Y me gusta. La mayor parte del tiempo. Vivir con lentitud me atrae. Es sólo que de vez en cuando me harto. -Desvió la mirada hacia Frankie-. ¿Por qué no la traes mañana y dejas que les enseñe algunos pocos movimientos a esos chicos?
– ¿Y por que debería de…? -Grace lo miró frunciendo el entrecejo-. ¿A qué viene esto, Robert?
– A nada.
– Robert.
Él se encogió de hombros.
– Es sólo que oí a ese camionero imbécil mascullarles algo a sus hijos cuando llegaste con el coche. Incluso después de ocho años en esta ciudad, siguen hablando de ti y de Frankie.
– ¿Y qué?
– Es sólo que no me gusta.
– Frankie es ilegítima, e incluso hoy en día siempre habrá alguien que quiera que todos sigan sus normas. En particular, en una ciudad pequeña como ésta. Se lo expliqué a Frankie, y lo entendió.
– Yo no. Y tengo ganas que arrearle un puñetazo a alguien.
Grace sonrió.
– Yo también. Pero los niños son mucho más abiertos que sus padres, y Frankie no está sufriendo. Excepto por mí.
– Apuesto a que ella también tiene ganas de atizarle un puñetazo a alguien.
– Ya lo hizo, y tuve una charla con ella. -Grace negó con la cabeza-. Así que no vamos a permitir que le zurre la badana a ninguno de tus clientes sólo para que tú te sientas mejor.
– ¿Y qué hay de lo de hacer que te sientas mejor?
– Satisfacer la ignorancia y la intolerancia no me haría sentir mejor. Y podría ponerle las cosas difíciles a Charlie. Puede ponerse muy a la defensiva, y no es un hombre joven. No voy a correr el riesgo de que le hagan daño.
