
– Sabe defenderse. Es un viejo zorro correoso.
– No va a tener necesidad de defenderse. No por lo que a mí y a Frankie respecta. Ha hecho demasiado por nosotras, para pagárselo de esa manera.
– Ha sido más bien un toma y daca. Tú también has hecho mucho por él.
Ella negó con la cabeza.
– Él me recogió y le dio un hogar a Frankie. Lo único que hice fue ayudar para conseguir que la granja siguiera dando beneficios. Lo habría hecho de todas formas.
– No creo que Charlie tenga ningún motivo para arrepentirse.
Grace guardó silencio durante un instante.
– ¿Y qué pasa contigo?
Robert levantó las cejas.
– ¿Qué?
– Llevas ocho años aquí. Dijiste que tienes tus malos momentos cuando te hartas de la vida de la pequeña ciudad.
– Tendría mis malos momentos aunque viviera en París o Nueva York. Todo el mundo tiene sus momentos de descontento.
– Yo no.
– Pero tú tienes a Frankie. -Bajó los ojos hacia ella-. Y nosotros también. Nunca he lamentado que me enviaran aquí para echarte un ojo. Para todos nosotros eso es lo primordial. Se trata de Frankie, ¿no es así?
La niña estaba levantando su taco, la cara encendida, los ojos negros relucientes de alegría, mientras hablaba con Charlie.
– Sí -dijo Grace en voz baja-. Se trata de Frankie.
– ¿Qué tal si conduzco yo hasta tu casa? -Robert abrió la puerta del coche de Charlie-. Vas un poco achispado.
– Estoy dentro de la ley. Sólo he tomado dos copas. Y no necesito que ningún mequetrefe me haga de chófer.
– ¿Mequetrefe? Me halagas. Estoy demasiado cerca de los cincuenta. -Sonrió abiertamente-. Vamos. Habrás tomado sólo dos copas, pero te tambaleabas un poco cuando te levantaste de la mesa. Déjame conducir.
– Mi camioneta conoce el camino de casa. -Puso mala cara-. Como el viejo Dobbin. -Puso en marcha el motor-. Si te hubiera ganado esa última partida, podría dejarte que me llevaras a casa por todo lo alto, pero me reservo ese derecho para nuestra próxima ronda. -Sonrió-. Esta vez estuve cerca. La próxima semana serás derrotado.
