Charlie asintió con la cabeza.

– Supongo que todo es cuestión de cómo se mire. Hasta esta noche.

Grace se lo quedó mirando mientras él se dirigía al granero. A pesar de sus años, el paso de Charlie seguía siendo ágil, y su cuerpo nervudo y enjuto parecía tan fuerte como el de muchos hombres más jóvenes. Nunca pensaba en él como en alguien mayor, y le preocupaba que hablara de su envejecimiento. Hasta ese momento nunca le había oído hablar de la edad o de la muerte. Siempre vivía el momento… y esos días eran buenos momentos para todos ellos.

Desvió la mirada hacia las colinas que rodeaban la granja. El sol del final de la tarde acentuaba el verde de los pinos del bosque, extendiendo una paz casi narcótica sobre la caliente tarde agosteña. Cuando llegó por primera vez a la pequeña granja de caballos de Charlie hacía ocho años, lo que le había atraído fue aquella paz. La pintura de las edificaciones anejas y del cercado estaba gastada y levantada, y la casa le había dado la impresión de haber estado descuidada durante años, pero la sensación de paz eterna dominaba cada palmo del lugar, ¡Dios bendito!, y lo mucho que había necesitado aquella paz.

– Mamá.

Se volvió para ver a Frankie, que corría hacia ella.

– ¿Todo listo?

– Sí. -Frankie cogió la mano de su madre-. Tuve una conversación con Darling mientras lo encerraba. Le dije lo buen chico que había sido y que esperaba que hiciera lo mismo mañana.

– ¿En serio?

La niña suspiró.

– Pero, probablemente, me tirará de todas formas. Supongo que hoy he tenido suerte.

Grace sonrió.

– Puede que mañana también tengas suerte. -Apretó la mano de Frankie con más fuerza. ¡Por Dios, cuánto la quería! Ése era uno de los momentos perfectos. Daba igual lo que trajera el día siguiente; ese día brillaba como una moneda nueva-. ¿Una carrera hasta la casa?

– Vale. -Frankie le soltó la mano y echó a correr como una centella por el patio.



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