
– La mayoría de las madres devotas jamás han tenido las experiencias que tuve yo mientras crecía. Si mi padre no se hubiera tomado la molestia de asegurarse de que yo era capaz de sobrevivir, no habría llegado a los trece años. ¿De verdad crees que no quiero tener a Frankie entre algodones e impedir que alguna vez dé un mal paso? Pero aprendes y te endureces a golpe de errores. La querré y la protegeré de la única manera que sé que funciona. Enseñándola a protegerse a sí misma.
– ¿Supongo que no te importará decirme dónde te criaste?
– Ya te lo dije; pasaba todos los veranos en la granja de caballos de mi abuelo, en Australia.
– ¿Y dónde pasabas el resto del año? -Charlie se encogió de hombros al ver la expresión hermética de Grace-. Ya sabía que no me lo ibas a decir. Pero, por lo general, no cuentas nada de lo que te pasó antes del día que apareciste en mi puerta. Pensé que tendría alguna posibilidad.
– No es que yo no… Es mejor que no sepas nada sobre…-Negó con la cabeza-. No es que no confíe en ti, Charlie.
– Lo sé. Sólo tengo curiosidad por saber por qué habrías de confiar en mí para contarme lo que hace que sigas adelante.
– Ya sabes lo que me hace seguir adelante.
Charlie se rió entre dientes.
– Sí… Frankie. Supongo que eso es suficiente para cualquiera. -Se dio la vuelta y se dirigió al granero-. Si voy a ir con vosotros a comer pizza, debería ocuparme de mis cosas. Robert y yo vamos a jugar una partida de ajedrez después de que os enviemos de vuelta a la granja. Esta vez le voy a ganar. La verdad es que se le da mejor el judo y las demás artes marciales que los juegos de mesa. Un hombre raro ese Robert. -Echó un vistazo por encima del hombro-. ¿Y no es también un poco raro que apareciera en la ciudad y abriera ese gimnasio de artes marciales apenas unos meses después de tu llegada?
– No, especialmente. La ciudad no tenía ningún centro de artes marciales. No es más que un buen negocio.
