Sin embargo, nada de esto lo había cambiado. Ni a su manera de trabajar, ni a la manera de operar de su brigada. Eran artesanos: tenían un trabajo que hacer y lo hacían día a día, en lo bueno y en lo malo. Y hoy era lo mismo. Un hombre debía llegar en el Southwest Chief y debían capturarlo y arrestarlo para la policía de Chicago, y al mismo tiempo cuidar de que ningún otro ciudadano sufriera daños. Nada más y nada menos, así de sencillo.

6

7:20 h


Raymond tomó un sorbo de café y miró las cartas que Frank Miller le acababa de repartir. Al hacerlo vio como el hombre de Barstow de la cazadora deportiva se levantaba de su asiento frente a la puerta y se dirigía por el pasillo hacia él. Raymond se miró la mano, luego miró a Vivian y descartó tres naipes.

– Tres, Frank, por favor -dijo, a media voz.

El hombre de la cazadora pasó de largo mientras Miller le entregaba las cartas. Raymond las recogió y se volvió a tiempo de ver que el hombre de Barstow cruzaba la puerta al fondo del vagón, igual que había hecho antes el hombre del traje oscuro. En un segundo, el más joven de los hombres de Barstow se levantó de su asiento en mitad del vagón y recorrió el pasillo con aire distraído hasta la misma puerta. Lentamente, Raymond volvió a centrar su atención en el juego. Si antes había dos, ahora eran tres. Sin duda eran policías y estaban allí por un solo motivo: él.


– Es nuestro hombre, no hay duda. -Marty Valparaiso estaba con Jimmy Halliday, John Barron y el revisor del tren en la plataforma levemente inestable entre los vagones.

– De acuerdo -asintió Halliday, y miró al revisor-. ¿Quiénes son los demás?

– Por lo que he podido deducir, sólo gente a la que ha conocido en el Chief al salir de Chicago.



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