A sus cincuenta y nueve años, Red McClatchy llevaba más de treinta y cinco como detective de homicidios, y treinta de ellos en la 5-2. En aquel período había resuelto personalmente ciento sesenta y cuatro casos de asesinato. Tres de sus asesinos habían sufrido la pena de muerte en la cámara de gas de San Quintín; siete más permanecían en el corredor de la muerte, a la espera de sendas apelaciones. Durante las últimas dos décadas había sido propuesto cuatro veces como jefe del LAPD, el Departamento de Policía de Los Ángeles, pero todas ellas lo había rechazado alegando que él era un currante, un policía de la calle, y no un administrador, ni un psicólogo, ni un político. Y además, quería dormir por la noche. También era el jefe de la 5-2 y lo llevaba siendo desde mucho tiempo atrás. Esto, decía, es suficiente para cualquier hombre.

Y obviamente lo era, porque en todo este tiempo, después de los escándalos y de las guerras políticas y raciales que habían empañado el nombre y la reputación tanto de la ciudad como del departamento, ese «currante» había sido capaz de conservar inmaculada la larga y rica tradición de la brigada. Su historia incluía casos que habían saltado a los titulares de la prensa internacional, entre ellos el crimen de la Dalia Negra, el suicidio de Marilyn Monroe, el asesinato de Robert Kennedy, la matanza de Charles Manson y el caso O. J. Simpson. Y todo ello envuelto con el aura, el resplandor y el glamour de Hollywood.

El aspecto de agente fronterizo de este policía alto y de espalda ancha, pelirrojo y con las sienes que empezaban a clarear, no hacía más que potenciar su imagen. Con su clásica camisa blanca almidonada, su traje oscuro con corbata, el Smith & Wesson del 38 enfundado en la cintura, se había convertido en una de las figuras más conocidas, respetadas e influyentes dentro de la policía de Los Ángeles, tal vez hasta de la ciudad, y era casi una figura de culto dentro de la comunidad policial internacional.



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