– ¡Cerdos tories! -dijo el señor Thistlethwaite, bajando los peldaños de la escalera con el pensamiento centrado por encima de todo en una buena jarra de ron.

– ¡Ya podéis salir, Jem! -dijo el patrón, atrancando la puerta hasta tener la certeza de que los disturbios ya habían terminado.


Richard no había seguido a su padre al piso de abajo a pesar de estar obligado a hacerlo; ahora su nombre estaba unido al de Dick en los libros oficiales del Ayuntamiento. Richard Morgan, tabernero autorizado para la venta de bebidas alcohólicas, había pagado la cuota y se había convertido en un «hombre libre», un ciudadano con derecho a voto en una ciudad que era en sí misma un condado distinto de los de Gloucestershire y Somersetshire que lo rodeaban, un ciudadano de una ciudad que era la segunda más grande de toda Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda. De las cincuenta mil almas que se apretujaban dentro de sus confines, sólo unas siete mil eran hombres libres con derecho a voto.

– ¿Le está haciendo efecto? -le preguntó Richard a su mujer, inclinándose sobre la cuna; William Henry se había calmado y parecía dormitar muy intranquilo.

– Sí, amor mío. -Los dulces ojos castaños de Peg se llenaron súbitamente de lágrimas y sus labios temblaron de inquietud-. Ahora es el momento de rezar, Richard, para que no enferme de viruela. Aunque bien es cierto que no le arde la piel como a Mary. -Le dio a su marido un ligero empujón-. Vete a dar un buen paseo. Puedes rezar y pasear. ¡Ve! Te lo suplico, Richard. Si te quedas, padre se pondrá a gruñir.

Un curioso letargo se había apoderado de Broad Street como consecuencia del pánico que parecía extenderse por toda la ciudad cada vez que se temía el estallido de algún disturbio.



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