Al pasar por delante de la American Coffee House, Richard se detuvo un instante para contemplar las efigies colgantes de John Hancock y John/Samuel Adams, mientras llegaban hasta sus oídos las sonoras carcajadas y las iracundas voces procedentes de las huestes de la Steadfast Society que estaban comiendo en el local del White Lion. Sus labios se curvaron en una ligera mueca de desprecio; los Morgan eran unos fervientes whigs cuyos votos habían contribuido al éxito de Edmund Burke y Henry Cruger en las elecciones del año anterior… ¡menudo espectáculo habían sido! ¡Y menudo disgusto se había llevado lord Clare al ver que sólo había cosechado un voto!

Apurando ahora el paso, Richard echó a andar por Corn Street pasando por delante del espléndido Bush Inn de John Weeks, cuartel general del Union Club de los whigs. Desde allí, se dirigió al norte por Small Street y salió al Key, a la altura de Stone Bridge. El panorama que se extendía hacia el sur era extraordinario. Era como si una calle muy ancha se hubiera llenado de barcos en estado esquelético, con sólo los mástiles y metros y más metros de estayes y obenques por encima de sus vientres de roble reforzados por los correspondientes baos. Del río Froom sobre el cual flotaban no se podía ver nada a causa de la gran cantidad de barcos que esperaban pacientes el término de sus veinte semanas de permanencia en el puerto.

La marea había alcanzado el reflujo y estaba empezando a subir a un ritmo sorprendente: el nivel del agua tanto en el Froom como en el Avon subía nueve metros en unas seis horas y media y después volvía a bajar otros nueve. En la bajamar, los barcos descansaban sobre el pestilente barro que los obligaba a ladearse e inclinarse sobre los baos; durante la pleamar, los barcos volvían a flotar sobre el agua, tal como les correspondía hacer. Muchas quillas se deformaban y combaban como consecuencia del esfuerzo de permanecer tumbadas de lado sobre el barro de Bristol.



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