
Por consiguiente, cuando Richard cumplió siete años, lo matricularon en la Colston's School y le pusieron el famoso uniforme azul que informaba a los habitantes de Bristol de que su padre era pobre pero respetable y también un fiel miembro de la Iglesia anglicana. Y, en el transcurso de los siguientes cinco años, le metieron en la cabeza las letras y los números. Aprendió a escribir con buena letra, a hacer sumas mentales, a empollarse La guerra de las Galias de Julio César, los discursos de Cicerón y las Metamorfosis de Ovidio, estimulado por el ácido aguijón del bastón y la cáustica mordedura de los comentarios del maestro. Siendo un buen alumno aunque no demasiado brillante y gracias a su serena apostura, sobrevivió a la filantrópica institución del señor Colston mucho mejor que la mayoría de alumnos y sacó más provecho de la experiencia.
A los doce años, le llegó el momento de marcharse y dedicarse a un oficio o profesión acorde con su educación. Para gran sorpresa de su familia, siguió una dirección distinta de la que cualquier Morgan hubiera seguido hasta la fecha. Entre sus principales cualidades se contaba su habilidad en cuestiones mecánicas y en la colocación de las piezas de un rompecabezas, amén de una paciencia verdaderamente extraordinaria en alguien tan joven. Él mismo decidió entrar como aprendiz en el taller del senhor Tomas Habitas, el armero.
La decisión fue secretamente del agrado de su padre, encantado con la idea de que los Morgan hubieran producido un artesano en lugar de un comerciante. Además, la guerra formaba parte de la vida y las armas formaban parte de la guerra. Un hombre capaz de hacerlas y arreglarlas no era probable que se convirtiera en carne de cañón en un campo de batalla.
Los siete años de aprendizaje fueron para Richard una delicia en lo tocante al trabajo y la preparación, a pesar de las incomodidades físicas que ello suponía.
