
Ahora que tenía una hija, su nuevo oficio de tabernero le gustaba mucho más que el de armero; la taberna era un negocio familiar, un lugar en el que podría estar constantemente con su hija, verla con su madre, contemplar el milagro de los hermosos pechos de Peg sirviendo de almohada para la cabeza de la niña mientras su boquita se afanaba en succionar la leche. Peg no le escatimaba la leche y temía el día en que tuviera que destetar a Mary con cerveza suave. ¡A los bebés de Bristol, como a los de Londres, no se les daba agua, faltaría más! La cerveza suave no intoxicaba demasiado, pero un poco, sí. Los bebés que empezaban a bebería demasiado pequeños, decía Peg, la hija del campesino (cuyo eco repetía Mag) siempre acababan convirtiéndose en borrachos. Aunque no era muy dado a corroborar las afirmaciones de las mujeres, Dick Morgan, veterano de cuarenta años en el negocio de las tabernas, estaba totalmente de acuerdo con ellas. La pequeña Mary tenía más de dos años cuando Peg empezó a destetarla.
Entonces regentaban la Bell, la primera taberna en propiedad de Dick. Estaba en Bell Lane y formaba parte del tortuoso conjunto de casas, almacenes y sótanos pertenecientes al primo James el farmacéutico, el cual compartía la parte sur de la estrecha callejuela con la no menos tortuosa sede de la empresa norteamericana de comercio de lana de Lewsley & Co. Hay que añadir que el primo James el farmacéutico era propietario de un soberbio establecimiento de venta al detalle en Corn Street; sin embargo, casi todo el dinero lo había ganado fabricando y exportando medicamentos y compuestos químicos, desde el corrosivo sublimado de mercurio (utilizado en el tratamiento de los chancros de la sífilis) hasta el láudano y otros opiáceos.
