
– Ven a trabajar conmigo -le dijo alegre Dick Morgan-. Las armas pueden ir y venir, pero el ron es absolutamente eterno.
Todo fue muy bien, a pesar del problema de los nombres. A la madre de Richard siempre la habían llamado Mag y a la esposa de Richard, Peg, dos diminutivos de Margaret. El verdadero problema era que, exceptuando a los estrafalarios disidentes protestantes que bautizaban a sus hijos varones con nombres como «Cranfield» u «Onesiphorus», casi todos los varones ingleses se llamaban John, William, Henry, Richard, James o Thomas, y casi todas las mujeres se llamaban Ann, Catherine, Margaret, Elizabeth o Mary. Una de las pocas costumbres que unían a todas las clases sociales, desde las más altas a las más bajas.
Peg, la mimosa y complaciente Peg, resultó que no concebía con facilidad. Mary fue su primer embarazo, casi tres años después de su boda, y no porque no lo intentara. Como es natural, ambos progenitores esperaban un varón y sufrieron una gran decepción cuando tuvieron que buscar un nombre de mujer. La elección de Richard recayó en Mary, un nombre poco común en el clan (tal como dijo con toda franqueza su padre) y con cierto regusto papista. No importaba. En cuanto tomó en brazos a su hija recién nacida y la contempló con asombro, Richard Morgan descubrió en sí mismo un océano de amor todavía inexplorado. Tal vez debido a su paciencia, siempre se había llevado de maravilla con los niños, pero, a pesar de todo, no estaba preparado para la emoción que sintió cuando contempló a la pequeña Mary. Sangre de su sangre, hueso de sus huesos, carne de su carne.
