
Dos ronquidos muy distintos penetraban a través de los resquicios del tabique que separaba aquella habitación de la de la parte anterior donde dormían Dick y Mag, pero no como los muertos. Los ronquidos eran el epítome de la vida. Dick producía un sonoro retumbo, mientras que Mag resollaba y silbaba. Sonriendo para sus adentros, Richard se volvió de lado y encontró a Peg, la cual se acurrucó junto a él a pesar del calor de la noche, y empezó a besarle la mejilla. Con sumo cuidado, Richard levantó su propia camisa de noche y la de Peg y después se comprimió contra ella y ahuecó una mano alrededor de uno de sus altos y firmes pechos.
– ¡Oh, Peg, cuánto te quiero! -dijo en un susurro-. Jamás un hombre ha tenido el privilegio de gozar de una esposa mejor que tú.
– Y jamás ha habido una esposa con un marido mejor, Richard.
Totalmente de acuerdo, ambos se besaron hasta la raíz de la lengua mientras ella comprimía el monte de Venus contra el miembro cada vez más erecto de él, emitiendo un ronroneo de placer.
– A lo mejor -murmuró Richard después, mientras sus ojos se negaban a permanecer abiertos-, le hemos hecho un hermano o una hermana a William Henry.
Apenas había terminado de pronunciar estas palabras cuando se quedó dormido.
A pesar de estar tan agotada como él, Peg tiró de la camisa de noche de Richard hasta conseguir que le cubriera el cuerpo y lo aislara de la sábana bajera y después tiró de la suya hacia abajo y tomó la orla para secarse la humedad de la entrepierna. ¡Oh, pensó, ojalá padre y madre no roncaran tanto! Richard no lo hace y me dice que yo tampoco. No obstante, los ronquidos revelan que están dormidos y que, por consiguiente, no nos oyen. Te doy gracias, Señor, por tu bondad para con mi hijito. Sé que es tan bueno que tú lo quisieras para adornar el Cielo, pero también adorna esta tierra y merece una oportunidad. Y, sin embargo, ¿por qué, Dios mío, tengo la sensación de que ya no voy a tener más hijos?
