Se consideran maltratados, Richard. Explotados, escupidos, menospreciados. Son ingleses, sí, pero no de primera. Y están muy lejos de aquí, lo cual es algo que ni el rey ni sus ministros han conseguido afrontar en su gran ignorancia. Se podría decir que nuestra Armada gana las guerras… ¿cuánto tiempo hace que no nos enfrentamos o somos derrotados por un ejército de tierra más allá de nuestras islas? Y, sin embargo, ¿cómo podemos ganar una guerra naval contra un enemigo que no tiene barcos? Tendremos que combatir en tierra. Trece pedazos de tierra distintos que apenas mantienen relaciones entre sí. Y contra un enemigo que no está preparado para comportarse de acuerdo con las usanzas militares.

– Acabáis de echar por tierra vuestro propio argumento, Jem -dijo el patrón sonriendo, pero sin tomar el trozo de tiza mientras le entregaba una nueva jarra de ron a Mag-. Nuestros ejércitos son de primera categoría. Las colonias no podrán enfrentarse a ellos.

– ¡Estoy de acuerdo! ¡Estoy de acuerdo! -exclamó Jem, levantando su ron gratis en un brindis al patrón, que raras veces se mostraba generoso-. Probablemente los colonos jamás conseguirán ganar una batalla. Pero no necesitan ganar batallas, Dick. Lo único que necesitan es resistir. Pues ellos combatirán en su tierra y esta tierra no es Inglaterra. -Su mano se acercó al bolsillo izquierdo de su gabán y extrajo de él una impresionante pistola que depositó ruidosamente sobre la mesa mientras los restantes parroquianos de la taberna chillaban y gritaban aterrorizados… y Richard, con su hijito sentado sobre las rodillas, empujó el cañón hacia un lado con tal rapidez que nadie le vio moverse. La pistola, tal como todo el mundo sabía, estaba cargada. Sin prestar atención a la consternación que había provocado, el señor Thistlethwaite introdujo la mano en las profundidades del bolsillo y sacó unos trozos doblados de papel de copia. Los examinó uno a uno mientras sus gafas ampliaban el tamaño de sus ojos azul claro inyectados en sangre y su rizado cabello moreno se escapaba de la cinta con la que se lo había recogido de cualquier manera en la nuca… las pelucas o coletas no estaban hechas para el señor Thistlethwaite.



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