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Pepe Navajas acababa de cargar las barras de acero, los veinte sacos de cemento y los tablones de madera para hacer pilares de hormigón armado, y los había apilado junto a unos materiales de fontanería, sanitarios, azulejos y baldosas. Iba a construir una ampliación en la vivienda de su hija y su yerno, que acababan de tener gemelos y necesitaban más espacio en su casita de Sanlúcar de Barrameda. Tampoco tenían dinero. Así que Pepe lo compraba todo barato y, como su yerno era un inútil, se encargaba de hacerles la obra los fines de semana.
Pepe aparcó la camioneta cargada hasta los topes delante de un restaurante de Dos Hermanas, pocos kilómetros antes de la entrada de la autopista en sentido sur, hacia Jerez de la Frontera. Se había tomado una cerveza con los del almacén de materiales de construcción. Pretendía cenar temprano y hacer tiempo hasta que anocheciera. Creía que la Guardia Civil no vigilaba mucho el tráfico entre la puesta de sol y la noche cerrada, y que sólo paraba a los coches después, cuando era más probable que la gente condujese en estado de ebriedad.
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Aquel día, Vasili encendió por primera vez el móvil poco después de las once de la noche. Resistió la tentación hasta pasar el peaje del último tramo de autopista hacia Sevilla, porque sabía lo que iba a ocurrir. Hacía tiempo que no se pasaba todo el día solo y se moría de ganas de hablar. La primera llamada llegó al cabo de unos segundos y, tal como esperaba, era de Alexei, su viejo compañero de armas.
– ¿Estás solo, Vasya? -preguntó Alexei.
– Sí -dijo Vasili, con los labios pastosos y la boca torpe por efecto del vodka.
– No quiero que te cabrees y te despistes al volante -dijo Alexei.
