
– ¿Llamas para que me cabree? -preguntó Vasili.
– Prepárate -dijo Alexei-. Leonid ha vuelto de Moscú.
Silencio.
– ¿Has oído, Vasya? No interrumpo nada, ¿verdad? Leonid Revnik está en Marbella.
– ¡Pero si no volvía hasta la semana que viene!
– Pues ha vuelto antes.
Vasili abrió la ventanilla un dedo e inhaló el cálido aire nocturno. A ambos lados había campos llanos y negros como la brea. Sólo unas luces traseras a lo lejos. Nadie venía en sentido contrario.
– ¿Y qué dijo Leonid? -preguntó Vasili.
– Quería saber dónde estabas. Le dije que estarías en el club, pero precisamente venían de allí -dijo Alexei-. Se habían encontrado tu despacho cerrado con llave y a Kostya en el suelo, inconsciente.
– ¿Estás solo en este momento, Alyosha? -preguntó Vasili con suspicacia.
– Leonid ya sabe que te has pasado al bando de Yuri Donstov.
– ¿Y esto qué es? ¿Una advertencia?
– Sólo quería saber si Leonid decía la verdad -dijo Alexei.
Silencio.
– Ha desaparecido una cosa de tu despacho -dijo Alexei-. También me lo dijo él.
Vasili cerró la ventanilla. Suspiró.
– Lo siento, Alyosha.
– Rita se ha llevado una paliza de muerte por tu culpa. No la he visto, pero Leonid fue con ese animal, ya sabes, el que no soportan ni las moldavas.
Vasili golpeó cinco veces el volante. La bocina retumbó en plena noche.
– Cuidado, Vasya.
– Lo siento, Alyosha -dijo Vasili-. Lo siento un huevo. ¿Qué más puedo decir?
– Bueno, algo es algo.
– Esto no estaba previsto. Leonid no volvía hasta la semana próxima. Yo iba a hablar con Yuri para que también autorizase tu entrada. Tú formabas parte del plan. Ya lo sabes. Sólo tenía que…
– Ése es el tema, Vasya: yo no sabía nada.
– No te lo podía decir. Estás demasiado cerca, Alyosha -dijo Vasili-. Yuri me hizo una oferta que Leonid no me habría hecho en un millón de años.
