
Con unos chinos y un polo azul marino salió del dormitorio, apoyó las manos en la barandilla de la galería y se asomó. No se veían estrellas. Contempló el patio central del caserón del siglo XVIII heredado de su desacreditado padre, el artista Francisco Falcón. Una luz solitaria bosquejaba toscamente los pilares y arcos con un brillo sulfuroso que iluminaba al muchacho de bronce que estaba de puntillas en la fuente y realzaba los lejanos recovecos tras los pilares de la columnata, donde una planta, tan reseca que se había convertido en rumorosa hojarasca, todavía acechaba en una esquina. Tendría que tirarla, pensó por centésima vez. Hacía varios meses que se lo había pedido a la asistenta, Encarnación, pero la mujer tenía extraños apegos: sus vírgenes móviles, sus vía crucis, aquella planta marchita.
Tostada con aceite de oliva. Un café corto y cargado. Entró en el coche cuando la cafeína agudizaba sus reacciones. Atravesó la ciudad sofocante y precaria, todavía exhausta por el bullicio diurno, con el asfalto quebrado como una galleta gruesa, los adoquines apilados en las aceras, las calles perforadas y con sus entresijos vitales al aire, la maquinaria lista para atacar. Parecía que todas las calles estaban valladas y sujetas con cinta adhesiva, circundadas de bolardos hasta el infinito. El aire apestaba a polvo romano desprendido de las ruinas subterráneas. ¿Cómo podía uno tranquilizarse en semejante tumulto de obras de reconstrucción? Por supuesto, todo tenía su razón de ser. Aquello no tenía nada que ver con el atentado de unos meses antes, sino con las elecciones municipales que se iban a celebrar a principios de 2007. Así que la población tenía que sufrir el tormento de la beneficencia impulsada por el titular del cargo.
