
He descubierto en mí una inclinación a prever las consecuencias malas, exclusivamente. Se ha formado en los últimos tres o cuatro años; no es casual; no molesta. Que la mujer vuelva, la proximidad que buscó, todo parece indicar un cambio demasiado feliz para que pueda imaginarlo… Quizá yo olvide mi barba, mis años, la policía que me ha perseguido tanto, que todavía estará buscándome, obstinada, como una maldición eficaz. No debo darme esperanzas. Escribo esto y se me ocurre una idea que es una esperanza. No creo haber insultado a la mujer, pero tal vez fuera oportuno desagraviarla. ¿Qué hace un hombre en estas ocasiones? Envía flores. Éste es un proyecto ridículo… pero las cursilerías, cuando son humildes, tienen todo el gobierno del corazón. En la isla hay muchas flores. A mi llegada quedaban algunos macizos alrededor de la pileta y del museo. Seguramente, podré hacer un jardincito en el pasto que bordea las rocas. Tal vez sirva la naturaleza para lograr la intimidad de una mujer. Tal vez me sirva para acabar con el silencio y la cautela. Será éste mi último recurso poético. Yo no he combinado colores; de pintura no entiendo casi nada… Confío, sin embargo, en poder hacer un trabajo modesto, que denote afición a la jardinería.
* * *
Me levanté a la madrugada. Sentía que el mérito de mi sacrificio bastaba para cumplir el trabajo.
Vi las flores (abundan en la parte baja de las barrancas). Arranqué las que me parecieron menos desagradables. Aun las de colores vagos tienen una vitalidad casi animal. Después de un rato las miré, para ordenarlas, porque ya no me cabían debajo del brazo: estaban muertas.
Iba a renunciar a mi proyecto, pero recordé que algo más arriba, a la vista del museo, hay otro lugar con muchas flores… Como era temprano, me pareció que no había riesgo en ir a verlas. Los intrusos dormían, seguramente.
