Son diminutas y ásperas. Corté unas cuantas. No tienen esa monstruosa urgencia en morirse.

Sus inconvenientes: el tamaño y estar a la vista del museo.

He pasado casi toda la mañana exponiéndome a ser descubierto por cualquier persona que hubiera tenido el coraje de levantarse antes de las diez. Me parece que tan modesto requisito de la calamidad no se cumplió. Durante mi trabajo de juntar las flores he vigilado el museo y no he visto a ninguno de sus ocupantes; esto me permite suponer que tampoco me vieron a mí.

Las flores son muy chicas. Tendré que plantar miles y miles si no quiero un jardincito ínfimo (sería más lindo, y más fácil de hacer; pero existe el peligro de que la mujer no lo vea).

Me apliqué a preparar los canteros, a romper la tierra (está dura, las superficies planeadas son muy vastas), a regar con agua llovida. Cuando haya acabado de preparar la tierra, tendré que buscar más flores. Haré lo posible para que no me sorprendan, sobre todo para que no interrumpan el trabajo, o lo vean antes de que esté listo. He olvidado que para los movimientos de plantas hay exigencias cósmicas. No puedo creer que después de tanto peligro, de tanto cansancio, las flores no lleguen vivas hasta la puesta del sol.

Carezco de estética para jardines; de cualquier manera, entre los pastizales y las matas de paja, el trabajo resultará conmovedor. Será un fraude, naturalmente; de acuerdo con mi plan, hoy a la tarde será un jardín cuidado; mañana tal vez esté muerto o sin flores (si hay viento).

Me avergüenza un poco declarar mi proyecto. Una inmensa mujer sentada, mirando el poniente, con las manos unidas sobre una rodilla; un hombre exiguo, hecho de hojas, arrodillado frente a la mujer (debajo de este personaje pondré la palabra "yo" entre paréntesis). Habrá esta inscripción:


Sublime, no lejana y misteriosa,

con el silencio vivo de la rosa.


* * *

Mi cansancio es, casi, una enfermedad.



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