– No hay que preocuparse. No vamos a discutir una eternidad…

– Morel -respondió tontamente Faustine-, ¿sabe que lo encuentro misterioso?

Las preguntas de Faustine no pudieron sacarlo de un tono de bromas.

El barbudo fue a buscarle el pañuelo y el bolso. Estaban en una roca, a pocos metros. Volvió agitándolos y diciendo:

– No tome en serio lo que le he dicho… A veces creo que si despierto su curiosidad… Pero no se enoje…

De ida y de vuelta pisó mi pobre jardincito. Ignoro si conscientemente o con una inconsciencia irritante. Faustine lo vio, juro que lo vio, y no quiso evitarme esa injuria; siguió interrogándolo sonriente, interesada; siguió casi entregada por la curiosidad. Su actitud me parece innoble. El jardincito es, sin duda, de un gusto pésimo. ¿Por qué hacerlo pisotear por un barbudo? ¿No estoy ya bastante pisoteado?

Pero, ¿qué puede esperarse de gente así? El tipo de ambos corresponde al ideal que siempre buscan los organizadores de largas series de tarjetas postales indecentes. Armonizan: un barbudo pálido y una vasta gitana de ojos enormes… Hasta creo haberlos visto en las mejores colecciones del Pórtico Amarillo, en Caracas.

Todavía puedo preguntarme: ¿Qué debo pensar? Ciertamente, es una mujer detestable. Pero, ¿qué está buscando? Tal vez juegue conmigo y con el barbudo; pero también es posible que el barbudo no sea más que un instrumento para jugar conmigo. Hacerlo sufrir no le importa. Quizá Morel no sea más que un énfasis de su prescindencia de mí, y un signo de que ésta llega a su punto máximo y a su fin.

Pero, si no… Ya hace tanto tiempo que no me ve… Creo que voy a matarla o enloquecer, si continúa. Por momentos pienso que la insalubridad extraordinaria de la parte sur de esta isla ha de haberme vuelto invisible. Sería una ventaja: podría raptar a Faustine sin ningún peligro…


* * *


26 из 80