Ayer no fui a las rocas. Muchas veces me declaré que no iría hoy. A la mitad de la tarde supe que iría. Faustine no fue y quién sabe cuándo volverá. Su entretenimiento conmigo ha terminado (con el pisoteo del jardincito). Ahora mi presencia la fastidiará como una broma que hizo gracia alguna vez y que alguien quiere repetir. Me encargaré de que no se repita.

Pero en las rocas estaba enloquecido: "Es mi culpa" me decía (que Faustine no apareciera), "por haber estado tan resuelto a faltar".

Subí a la colina. Salí de atrás de un grupo de plantas y me encontré frente a dos hombres y una señora. Me detuve, no respiré; entre nosotros no había nada (cinco metros de espacio vacío y crepuscular). Los hombres me daban la espalda; la señora estaba de frente, sentada, mirándome. La vi estremecerse. Bruscamente se volvió, miró hacia el museo. Yo me escondí atrás de unas plantas. Ella dijo con voz alegre:

– Ésta no es hora para cuentos de fantasmas. Vamos adentro. No sé, todavía, si contaban, efectivamente, cuentos de fantasmas o si los fantasmas aparecieron en la frase para anunciar que había ocurrido algo extraño (mi aparición).

Se fueron. Un hombre y una mujer caminaban, no muy lejos. Temí que me sorprendieran. La pareja se acercó más. Oí una voz conocida:

– Hoy no fui a ver…

(Tuve palpitaciones. Me pareció que en esa cláusula yo estaba referido.)

– ¿Lo sientes mucho?

No sé lo que dijo Faustine. El barbudo había hecho progresos. Se tuteaban.

He vuelto a los bajos decidido a quedarme hasta que me lleve el mar. Si los intrusos vienen a buscarme, no me entregaré, no escaparé.


* * *

Mi decisión de no aparecer ante Faustine duró cuatro días (ayudada por dos mareas que me dieron trabajo).

Fui temprano a las rocas. Después llegaron Faustine y el falso tenista. Hablaban correctamente francés; muy correctamente; casi como sudamericanos.

– ¿He perdido toda su confianza?



27 из 80