
La primera impresión me halagó. Creí haber hecho este descubrimiento: en nuestras actitudes ha de haber inesperadas, constantes repeticiones. La ocasión favorable me ha permitido notarlo. Ser testigo clandestino de varias entrevistas de las mismas personas no es frecuente. Como en el teatro, las escenas se repiten.
Al oír a Faustine y al barbudo yo corregía mi recuerdo de la conversación anterior (transcripta de memoria unas páginas más atrás). Temí que este descubrimiento pudiera ser el mero efecto de una languidez en mis recuerdos, o de la comparación de una escena real y una simplificación por olvidos.
Después, con urgente enojo, sospeché que todo fuera una representación burlesca, una broma dirigida contra mí.
Debo una explicación. Nunca dudé que lo conveniente era procurar que Faustine sintiera nuestra exclusiva importancia (y que el barbudo no contaba). Sin embargo, había empezado a tener ganas de castigar a ese individuo, a divertirme con la idea sin desarrollo, de afrentarlo de algún modo que lo ridiculizara mucho.
Había llegado la ocasión. ¿Cómo aprovecharla? Con voluntad procuré pensar (ocupado por la rabia, exclusivamente).
Inmóvil, como si reflexionara, estuve esperando el momento de salirle al paso. El barbudo fue a buscar el pañuelo y el bolso de Faustine. Volvía agitándolos, diciendo (como la otra vez):
– No tome en serio lo que le he dicho… A veces creo…
Estaba a pocos metros de Faustine. Yo salí muy decidido a cualquier cosa, pero a nada en particular. La espontaneidad es fuente de groserías. Señalé al barbudo, como si estuviera presentándolo a Faustine, y dije a gritos:
– La femme á barbe, Madame Faustine!
No era una broma feliz; ni siquiera se sabía contra quién iba dirigida.
El barbudo siguió caminando hacia Faustine y no tropezó conmigo porque me eché a un lado, bruscamente. La mujer no interrumpió las preguntas; no interrumpió la alegría de su cara. Su tranquilidad todavía me aterra.
