– Toda.

– Antes creía en mí.

Noté que ya no se tuteaban; pero en seguida recordé que las personas, cuando empiezan a tutearse, no pueden evitar las vueltas al "usted". Tal vez pensé esto influido por la conversación que estaba oyendo. Tenía, también, esa idea de vuelta al pasado, pero referida a otros temas.

– iY me creería si pudiera llevarla a un rato antes de esa tarde en Vincennes?

– Ya nunca podría creerle. Nunca.

– La influencia del porvenir sobre el pasado -dijo Morel, con entusiasmo y voz muy baja.

Después estuvieron en silencio, mirando el mar. El hombre habló como rompiendo una angustia opresora:

– Créame, Faustine…

Me pareció obstinado. Seguía con los mismos ruegos que le oí ocho días antes.

– No… Ya sé lo que busca.

Las conversaciones se repiten; son injustificables. Aquí no debe el lector imaginar que está descubriendo el amargo fruto de mi situación; no debe, tampoco, complacerse con la muy fácil asociación de las palabras perseguido, solitario, misántropo. Yo estudié el tema antes del proceso: las conversaciones son intercambio de noticias (ejemplo: meteorológicas), de indignaciones o alegrías (ejemplo: intelectuales) ya sabidas o compartidas por los interlocutores. Mueve todo el gusto de hablar, de expresar acuerdos y desacuerdos.

Los miraba, los oía. Sentí que pasaba algo extraño; no sabía qué era. Estaba indignado con ese canalla ridículo.

– Si le dijera todo lo que busco…

– ¿Lo insultaría?

– O nos comprenderíamos. El plazo es corto. Tres días. Es una desgracia no entendernos.

Con lentitud en mi conciencia, puntuales en la realidad, las palabras y los movimientos de Faustine y del barbudo coincidieron con sus palabras y movimientos de hacía ocho días. El atroz eterno retorno. Incompleto: mi jardincito, la otra vez mutilado por las pisadas de Morel,

es hoy un sitio borroso, con vestigios de flores muertas, achatadas contra la tierra.



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