
– Él lo sabrá (en español, también).
Escuché con ansia. Era otra gente. Estos nuevos aparecidos (de mi cerebro castigado por carencias, tóxicos y soles, o de esta isla tan mortal), eran ibéricos y estas frases me llevaban a la conclusión de que Faustine no había regresado.
Seguían hablando con voz tranquila, como si no hubieran oído mis pasos, como si yo no estuviese.
– No lo niego; pero ¿cómo se le ha ocurrido a Morel?… Los interrumpió un hombre que dijo airadamente:
– ¿Hasta cuándo? La comida está lista, hace una hora.
Los miró con fijeza (con tanta fijeza que me pregunté si no lucharía contra una inclinación a mirarme) y en seguida desapareció, gritando. Lo siguió el cocinero; el sirviente corrió en dirección opuesta.
Yo hacía esfuerzos por serenarme, pero temblaba. Sonó un gong. Mi vida estuvo en momentos en que los héroes hubieran aceptado el miedo. Creo que ahora mismo no estarían tranquilos. Pero entonces el horror se acumuló. Por suerte, duró poco. Recordé ese gong. Lo había visto muchas veces en el comedor. Quise huir. Me serené más. Huir verdaderamente era imposible. La tormenta, el bote, la noche… Si hubiera desaparecido la tormenta, no habría sido menos horrible internarse en el mar, esa noche sin luna. Además, el bote no habría alcanzado a flotar mucho tiempo. En cuanto a los bajos, estaban seguramente inundados. Mi huida hubiera concluido muy cerca. Valía más escuchar; vigilar los movimientos de esta gente; esperar.
Miré a mi alrededor y me escondí (sonriendo para formular mi suficiencia) en un cuartito que hay debajo de la escalera. Esto (lo he pensado posteriormente) fue muy torpe. Si me hubieran buscado habrían mirado ahí sin duda. Estuve un rato sin pensar, muy tranquilo, pero todavía confuso.
Se me presentaron dos problemas:
¿Cómo llegaron a la isla? Con esa tormenta, ningún capitán se habría atrevido a acercarse; suponer un trasbordo y un desembarco por medio de botes, era absurdo.
