¿Cuándo llegaron? La comida estaba lista desde hacía un rato largo; no hacía un cuarto de hora que yo había bajado a los motores, que no había nadie en la isla.

Habían nombrado a Morel. Se trataba, seguramente, de un regreso de las mismas personas. Es probable, pensé con palpitaciones, que vea, de nuevo, a Faustine.


* * *

Me asomé, presintiendo una detención brusca, el fin de mis perplejidades.

No había nadie.

Subí la escalera, avancé por los pasillos del entrepiso; desde uno de los cuatro balcones, entre hojas oscuras y una divinidad de barro cocido, me asomé sobre el comedor.

Había algo más de una docena de personas sentadas a la mesa. Imaginé que serían turistas neocelandeses o australianos; me pareció que estaban instalados, que no iban a partir un rato después.

Me acuerdo bien: vi el conjunto, lo comparé a los turistas, descubrí que no parecían de pasada y sólo entonces pensé en Faustine. La busqué, la encontré en seguida. Tuve una sorpresa benigna: el barbudo no estaba al lado de Faustine; una alegría precaria: el barbudo no estaba (antes de creer en ella, lo vi enfrente de Faustine).

Las conversaciones eran lánguidas. Morel propuso el tema de la inmortalidad. Se habló de viajes, de fiestas, de métodos (de alimentación). Faustine y una muchacha rubia hablaron de remedios. Alec, un hombre joven, escrupulosamente peinado, con tipo oriental y ojos verdes, intentó narrar sus negocios de lanas, sin obstinación ni éxito. Morel se entusiasmó proyectando una cancha de pelota o una cancha de tenis para la isla.

Conocí un poco más a la gente del museo. A la izquierda de Faustine había una mujer -¿Dora?- de pelo rubio, frisado, muy risueña, con la cabeza grande y ligeramente encorvada hacia adelante, como caballo brioso. Del otro lado tenía a un hombre joven, moreno, de ojos vivos y ceño cargado de concentración y de pelo. Después había una muchacha alta, con el pecho hundido, brazos extremadamente largos y expresión de asco. Esta mujer se llama Irene. Después, la que dijo "no es hora para cuentos de fantasmas", esa noche que subí a la colina. No recuerdo a los otros.



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