Estamos viviendo las primeras noches con dos lunas. Pero ya se vieron dos soles. Lo cuenta Cicerón en De Natura Deorum:


Tum sole, quod ut e patre audivi Tuditano et Aquilio consulibus evenerat.


No creo haber citado mal. M. Lobre, en el Instituto Miranda, nos hizo aprender de memoria las primeras cinco páginas del Libro Segundo y las últimas tres del Libro Tercero. No conozco nada más de La naturaleza de los dioses.

Los intrusos no vinieron a buscarme. Los veo aparecer y desaparecer en los bordes de la colina. Tal vez por alguna imperfección del alma (y la infinidad de mosquitos), he tenido nostalgias de la víspera, de cuando estaba sin esperanzas de Faustine y no en esta angustia. He tenido nostalgias de ese momento en que me sentí, otra vez, instalado en el museo, dueño de la subordinada soledad.


* * *

Recuerdo ahora lo que pensaba anteanoche, en ese cuarto insistentemente iluminado. La naturaleza de los intrusos, de las relaciones que he tenido con los intrusos.

Intenté varias explicaciones.

Que yo tenga la famosa peste; sus efectos en la imaginación: la gente, la música, Faustine; en el cuerpo: tal vez lesiones horribles, signos de la muerte, que los efectos anteriores no me dejan ver.

Que el aire pervertido de los bajos y una deficiente alimentación me hayan vuelto invisible. Los intrusos no me vieron (o tienen una disciplina sobrehumana; descarté secretamente, con la satisfacción de obrar con habilidad, toda sospecha de simulación organizada, policial). Objeción: no soy invisible para los pájaros, los lagartos, las ratas, los mosquitos.

Se me ocurrió (precariamente) que pudiera tratarse de seres de otra naturaleza, de otro planeta, con ojos, pero no para ver, con orejas, pero no para oír. Recordé que hablaban un francés correcto. Extendí la monstruosidad anterior: que ese idioma fuera un atributo paralelo entre nuestros mundos, dedicado a distintos fines.



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