Tengo que decidirme, pensé.

Un hombre alto, robusto, con la cara encendida, la barba mal afeitada, negra, modales afeminados, se acercó a Morel y le dijo:

– Se hace tarde. Todavía tenemos que prepararnos.

Morel contestó:

– Un momento.

El capitán se levantó; Morel, medio erguido, siguió hablándole, urgentemente. Le dio unas palmadas en la espalda y se volvió hacia el gordo, mientras el otro lo saludaba, y 1e preguntó:

– ¿Vamos?

El gordo miró sonriendo inquisitivamente al muchacho de pelo negro y de cejas carga-das, y repitió:

– ¿Vamos?

El muchacho asintió.

Los tres corrieron hacia el museo, prescindiendo de las señoras. El capitán se les acercó sonriendo cortésmente. El grupo siguió muy despacio a los tres caballeros.

Yo no sabía qué hacer. La escena, aunque ridícula, me pareció alarmante. ¿Para qué iban a prepararse? No estaba conmovido. Pensé que si los hubiera visto partir con Faustine, también habría dejado consumarse el preparado horror, inactivo, ligeramente nervioso.

Por suerte no había llegado el momento. La barba y las piernas flacas de Morel se vieron de lejos. Faustine, Dora, la mujer que vi una noche contando cuentos de fantasmas, Alec y los tres hombres que habían estado un rato antes, bajaban hacia la pileta, en traje de baño. Yo me corrí de una planta a otra, para ver mejor. Las mujeres trotaban, sonrientes; los hombres daban saltos, como para quitarse un frío inconcebible en este régimen de dos soles. Preveía la desilusión que tendrían al asomarse a la pileta. Desde que no la cambio, el agua está impenetrable (al menos para una persona normal): verde, opaca, espumosa, con grades matas de hojas que han crecido monstruosamente, con pájaros muertos y, sin duda, con víboras y sapos vivos.



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